Miami Grand Prix

Foto de Ahmel Echevarría
Estas no serán mis “impronunciables memorias, las que nunca te suben a la garganta, ni siquiera cuando estás dormido. O desnudo. O deceso”. Pero a diferencia del William Saroyan o el Boris Vilniak de la noveleta Mi nombre es William Saroyan (Abril, 2006) de Orlando Luis Pardo Lazo (La Habana, 1971) me he obligado al recuento, a recordar casi con una memoria extraña cuanto he visto y vivido tras ejecutar un salto físico y mental a un nuevo barrio, ciudad, provincia, país.
A finales de marzo la uña roja de mi GPS se encajó en la mitad de una de las tantas callejuelas curvas en Normandy Isles. Mi esposa y yo nos vimos obligados no solo a dejar el viejo apartamento de dos habitaciones en South Beach —aquel refugio fue un gesto más que benevolente de una excompañera de estudio de mi esposa—, sino también a reducirnos en espacio por la misma cantidad de dinero mensual: mil dólares que irían al bolsillo del nuevo landlord: el exesposo de nuestra antigua arrendadora.
Subrentados en la sala de un apartamento en Normandy Isles fueron transcurriendo nuestros días en Miami. El condominio tenía un jardín con arbustos de ciruelas, mangos, guanábanas y naranjas. Paradisíaco vergel; democráticamente compartíamos las frutas con los vecinos, ardillas, mapaches y un montón de pájaros según la estación del año. Justo al lado, separados por un pinar y una valla de barrotes metálica se extendía un campo de golf. Nos costó varios meses adaptarnos al ruido de las pelotas que caían en el techo.
Miami Beach, Florida, Estados Unidos. ¿Salto sin red? ¿Salto al vacío?
¿El riesgo de fundirme cual aerolito al atravesar la atmósfera de Miami y convertirme en polvo cósmico o cómico?
Tenía como plan de fuga un programa de maestría en lengua, cultura y literatura española convoyado con una plaza de Spanish Teaching Assistant en la Universidad de Connecticut. Para eludir como mínimo el mal de ojo o cualquier imprevisto, mi esposa y yo decidimos ocultar a quien no fuera parte de nuestros cofrades en Florida cualquier detalle sobre el máster y la mudanza; ya lo había dicho José Martí en una carta a Manuel Mercado, y era el campamento de Dos Ríos, la guerra y el 18 de mayo de 1895: “En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas”.
¿Se trataba de un futuro cercano con bordes romos y suaves? ¿Una red de seguridad?
En este país todo acontece muy rápido y un máster parecía el plan perfecto para entreverarse en las duras espirales de un huracán categoría cinco. Atravesar el atroz temporal hasta llegar al ojo. En el centro de un huracán todo posee el tinte o la tesitura de la calma mientras te mantengas alejado de las paredes del ojo. Una bella y extraña calma.
“Lo de la maestría sí que mantenlo engrasado, eso es un lujo”, me dijo una amiga. “Te juro que te ahorra por lo menos quince años. Te lo digo por experiencia, por no haberlo hecho hasta muy tarde.” La prosa de su mensaje era exacta, intensa.
“Quince años…”, dije para mí. Incluso incluí en el mudo parlamento los puntos suspensivos. Luego volví a dar de cara contra la realidad en Miami: trabajé para un tapicero guatemalteco que nunca me pagó; más que mecánico de equipos de gimnasio fui el handyman o el utility worker del landlord que me subrentaba la sala de su apartamento.
No es mucho ni peculiar cuanto vi, al menos no en Miami, inconmensurable pantano donde asolan el calor, la humedad, el estrés y el insomnio, y donde toman forma o sentido las mayores e inverosímiles pesadillas, esas ya vividas por otros. Son las formas del fracaso o el éxito en la empinada cuesta a trepar por todo emigrante o exiliado.
Más de uno me ha dicho “después te reirás de todo lo que viviste”. Ante un parlamento como ese solo he podido hundir la cabeza entre los hombros y enarcar las cejas mientras siento la astilla de Cuba en el pulpejo.
“Después te reirás de todo lo que viviste…”, recordar la frase y mirar a mi alrededor, y comparar mi presente con el año y medio vivido en Miami. Era soleado e hipercaliente aquel paisaje verde, como una vasta llanura en el mismísimo fondo de un agujero tan profundo y enorme como la Fosa de Bartlett.
Hay en esa suerte de hoya o fosa un paisaje bucólico. Es el jardín con el ciruelo y los arbustos de mango preñaditos. Los mangos son un poco mayores que las ciruelas, unas pocas semanas después sabré de su dulcísimo sabor, también mis cofrades.
Cuando todavía estaban verdes, con un poco de pavor pensé en la uña roja que en el GPS marcaría la posición de mi siguiente alquiler si todo iba mal o si surgía un imprevisto. ¿Dónde estaría yo cuando las frutas maduraran? Y con la misma le di Shift + Delete a la oración. No quise verla convertida en un mensaje enviado al universo desde el jardín de mi segunda renta en tan solo tres meses, pero lo cierto es que el landlord ya me había dicho al menos un par de veces: “Ahmel, una renta en Miami Beach cuesta más de 1000 dólares”, sonreía, bebíamos a su cuenta unas margaritas, los ojos cual canicas de hipermateria.
¿Pueden las pesadillas tomar la velocidad de un auto de Fórmula Uno en una curva cerrada?
Miami, ciudad insomne nunca ágrafa. Aquí, los signos gráficos convertidos en símbolos se multiplican en un mensaje que es uno y muchos. Su efecto tiene la forma del deseo, de mi deseo, man made (in)tangible materials.
En Miami las historias más vendidas tienen pocos caracteres. Este tipo de (non)fiction nunca llega al lector impresa en libros o suplementos literarios, ni siquiera en formato ePub. ¿Es la verdadera literatura made in Miami? Ese escritor de advertisements es un Augusto Monterroso mucho más ingenioso y letal. Y su lector ideal siempre tendrá la forma de un posible cliente. Cuando al día siguiente ese sujeto despierte, el mercado y el deseo ya estarán allí.
¿Pueden acabar tan mal las pesadillas que adoptan la forma y el sentido del éxito una vez el destinatario de los advertisements esté dormido, desnudo o deceso?
Entonces ocurre el atroz sonido del corcho al salir disparado del cañón de cristal. Falsa botella de champán. Celebración en burbujas.
El Google Maps ubicó mi primer trabajo en Little River y a ese lugar le llamaban bodega o warehouse los dos sujetos que la subrentaban: el guatemalteco tapicero y mi landlord en Normandy Isles: un mexicano exfisiculturista que brindaba servicios a varios gimnasios. Para cada empleador, por separado o al mismo tiempo trabajé, o mejor: largué el bofe a cambio de cien dólares por jornada. Llegado momento supe cómo, y en forma de qué, acontecieron los pagos.
Por lo pronto dígase Little River: ecosistema de negros en mayoría, más latinos pobres, creo. Me arriesgo a la calificación y la clasificación, aunque el mapa y el territorio sean mucho mayores que el tiempo que le dediqué a la cartografía y a la entomología, y a la velocidad con la que pueda acontecer la gentrificación.
En la bodega debía lijar los cantos de unas planchas de playwood mal cortadas por un ingeniero venezolano de estirpe similar a la mía. Entre otros motivos, huyó de Caracas tras denunciar el robo de su motocicleta; por las malas supo que los mismos policías estaban detrás del hurto, policías que fueron arrestados tras la denuncia.
El falso carpintero sabe que no puede regresar a Venezuela. Al cruzar la casilla de inmigración su nombre activará la venganza a manos de la policía. “Puedo amanecer en un callejón con un par de tiros en la frente, eso es muy común en mi país”, me dijo siete meses después de haberlo conocido, hacíamos una mudada en la casa de un ucraniano cuya colección de arte supuraba demasiado mal gusto y muchísimo dinero.
Yo, falso lijador en la tapicería, graduado de ingeniería al igual que el venezolano, debía poner a punto de caramelo las planchas. Con ellas harían unas mesas subcontratadas por otra compañía para el Miami Grand Prix. Era mayo y la Fórmula Uno, era el 2024 y unas mesas que, a mí, falso lijador, me provocaban vergüenza ajena.
En su mensaje dijo mi amiga: “créeme que tres años con solo una semana de vacaciones se sienten. Que en realidad son cinco días pagados. Tu amiga nunca se ha enterado de lo que es este país”. Ella usó emoticones, también yo.
Aunque no somos nativos digitales nos hemos contaminado con las nuevas formas del lenguaje. Es la hiperconcentración del enunciado. Quizá el emoticón hubiera formado parte de las seis propuestas de Italo Calvino para la literatura en el nuevo milenio.
Dadas por listas, las mesas no hubieran estado ready ni siquiera en una escena del libro Alicia en el país de las maravillas o del filme cubano Alicia en el pueblo de Maravillas. En el trasiego de las mesas siempre a contrarreloj desde el warehouse a un camión, y desde un almacén a la zona destinada al casi imposible maquillaje de los muebles, hice músculos y el ácido láctico dispersó dolor cuerpo arriba y cuerpo abajo.
Mientras ubicaba el dolor en una zona de la cintura para que no doliera demasiado conocí a un pintor puertorriqueño. Un tipo que pinta carros. Un tipo muy mal vestido, aseguraba ser muy bueno en su negocio.
Toda aventura que uno cree haber vivido será siempre poca cosa ante tipos como aquel. Viejo marinero del que ya no recuerdo si dijo: “fui marine y recorrí medio mundo y la otra mitad”.
Pellejo aindiado recocinado al sol, cabello medio sucio recogido en una coleta, dientes rebajados literalmente hasta la mitad sabe Dios porqué. Dientes que miraba yo cuando el pintor de carros me hablaba de Francia, la comida y las francesas; de Cuba y la situación política, la música, las Morenas del Caribe, y entonces me mostró una foto del icono Regla Torres. La mejor voleibolista del siglo XX posaba sobre el Taraflex enfundada en el breve uniforme de combate.
Tan pronto vi a Regla Torres pensé en Yeyín la capitana, Maestra Orión en Artes Marciales, exploradora del Cosmopalacio Intergaláctico, personaje principal de un cómic cubano de la década del 80.
Y pensé en el diseño y utilidad de ambos uniformes. Y pensé que debía tener a Yeyín en mi Smartphone cual pata de conejo.
Cuando entramos en la zona de confianza, aquel momento en que el pintor me habló de literatura, de sus autores preferidos y además preguntó qué tipo de literatura escribía yo, confesó que con no poca frecuencia lo visitaban marcianos. Miré sus ojos claros, sus dientes chatos y separados. ¿Eran los dientes de mascar la realidad? ¿O sus dientes se habían rebajado a consecuencia del cable que tipos como él se han tragado a lo largo de su vida?
Tenía pruebas de esas visitas. Así casi dijo.
Yo podría transcribir su largo relato compartido en un break, le dábamos la imposible forma final a unas blancas e impresentables mesas mal pintadas cuyo destino era el Miami International Autodrome. Pero es de buen gusto evitar las digresiones.
En un bar de la Washington Avenue dio de cara con un sujeto pequeño que nadie más veía. Hablaron sin hablar, es decir, el marciano conversaba sin mover la boca. Aquel organismo con vida e invisible para otros sabía de la verdadera procedencia del pintor de ojos claros y dientes chatos: la Luna. Al pintor la abuela se lo confirmó.
En la noche, provenientes del pequeño galpón en el patio de su casa, el pintor solía sentir ruidos de objetos que alguien o algo arrastraba, también ladridos. En una sola pieza quedó al asomarse por primera vez a la ventana.
Esa noche lo vio todo. Y todo lo que observó con detenimiento volvería a suceder en más de una ocasión.
La nave estaba en medio del cielo, no muy alta. Sí, una nave espacial. Tenía luces. Se abrió una compuerta, de la súbita oscuridad salió un brazo mecánico y una nave pequeña con marcianos, por supuesto. Él, por supuesto, no daba crédito.
Incluso fotografió todo. O fotografió lo que pudo. Eso me dijo.
En el break, haciendo gala de la desvergüenza o de las aptitudes del periodista que no soy le espeté sin rodeos: “déjame ver la foto…”.
Detrás de los signos suspensivos agregué: “por favor, si no te parece mal”.
En su iPhone las vi. Eran imágenes medio oscuras, fotografías de un aparatejo similar a las naves espaciales dibujadas por Carlos Alberto Masvidal en las páginas centrales de la revista cubana Juventud Técnica. Las comparaba en los ya lejanos 80.
Siendo poco más que un adolescente solía comprar El Caimán Barbudo, Dedeté, Palante, Sputnik, Cómicos, ¡Aventuras! Son, o fueron, la variante impresa de una Cuba material, de un cándido relato donde había de todo menos ingenuidad, y si la había estaba inoculada en la testa de sujetos como yo o de mis cofrades del reparto Altahabana, a quienes el vendedor de revistas y periódicos nos guardaba las nuevas entregas de cada revista que comprábamos.
Era la nave un aparatejo con formas cuadradas, luces y claraboyas rectangulares levantado del suelo. Un armatoste sin swing, sin marcianos al volante. Los avistamientos nunca tienen la forma que en las películas suelen lucir las naves espaciales, y el dolor en mi cintura ha seguido ahí, en la curva que gira a la derecha, y el registro de los avistamientos suele ser un documento deslavado de emoción.
Vista la foto volví a pensar en Regla Torres, pero sobre todo en Yeyín.
“Uno no puede más que decir algo de lo que sabe o ha experimentado”, me dijo mi amiga en el chat. Apenas puedo balbucear algo sobre Little River, sobre los negros que van cambiando el environment de los ómnibus New Flayer refrigerados que surcan la 79 St. mientras se alejan de Miami Beach, o balbucear algo acerca de los homeless y drogadictos —acaso la misma condición en un solo cuerpo en no pocas ocasiones—, o de los latinos que van y vienen en silencio, en su burbuja, rumiando un cansancio más histórico que bíblico que no se mitiga con una semana de vacaciones con solo cinco días pagados.
En Miami mi amiga vivía muy bien, al interior de una familia adorable, pero con otra mentalidad, eso confesó. Decidió subir al norte: “Aquí ha sido otra cosa, no ha sido fácil, pero me sacudí de encima lo peor de Cuba, en mentalidad familiar y política. Ahora Miami es un poco diferente, pero que vengan al norte con ese apoyo de la maestría es mucho mejor. Liberador.”
Desde el fondo de la Fosa de Bartlett releí el mensaje y tomé notas. Miraba el jardín, es decir, dentro de las paredes de mi cabeza mentalmente cambiaba la sala del apartamento en Normandy Isles por el verde que estallaba bajo el sol en la forma de un cerezo, dos arbustos de mango, otro de naranjas dulces, un pinar. Las pelotas de golf, caídas como proyectiles en el jardín desde el otro lado de la valla que nos separaba de un condominio con dos entradas de acceso restringido, me recordaban no solo la fragilidad de las persianas de cristal.
Mientras tecleo este párrafo, de una sien a la otra atraviesa un gato amarillo de rabo corto; aparecen y desaparecen las mesas horribles que fueron aceptadas porque ya no había tiempo de subcontratar a alguien solo un poco más hábil que el tercio de hombres bajo el mando del guatemalteco tapicero y del mexicano exfisiculturista. Y estalla breve el dolor en mi cintura, también pasa un hombre de 79 años, cubano, renqueante, tres balazos en el cuerpo cuando era un tipo de mediana edad y custodiaba detenidos para ser enjuiciados en la corte. Lleva una pistola en la cintura y un cuchillo comando, el viejo tiene una perra de muy mal genio.
Durante el tiempo que trabajé para el guatemalteco y el mexicano, ese hombre vivió en un engendro que llamaba tráiler. Fue mecánico del Aeropuerto José Martí. Le tomé afecto y ha vivido mil y una historias, en una de ellas rescató a la única sobreviviente de un accidente aéreo a pocos metros del Aeropuerto José Martí; en la otra es el autor de un supuesto atentado al exministro del interior Ramiro Valdés.
Por alguna razón que desconozco ese hombre me recordaba a mi padre, fallecido repentinamente en Cuba a las pocas semanas de mi caída cual aerolito en South Beach. En el cuerpo de mi padre no había rastros de cáncer, y guiado por mí escribió un libro de memorias.
Mi padre: salió vivo de Girón; era casi un adolescente en las filas del Batallón de la Policía Nacional Revolucionaria.
Mi padre: oficial de Seguridad del Estado; no murió ahogado al caer, de noche, en una piscina durante un temporal en la Sexta Cumbre de los Países No Alineados.
Mi padre: paciente librado de una trombosis y de un infarto cerebral.
Mi padre: pasajero afortunado tras un accidente de tránsito en un Volkswagen 181 o un Citroën Mehari.
Mi padre además esquivó el COVID. Con mi ayuda, en la segunda mitad del confinamiento escribió sus memorias sobre Girón, pero no sobrevivió a una intoxicación mezclada con una virosis y anemia en 2024.
“Falta de medicinas y comida…”, me he dicho más de una vez mientras pienso en la muerte de mi padre, anciano que batallaba contra el agotamiento de un cuerpo vencido por el hambre y la deshidratación.
Mi padre, al que no pude ver a lo largo de su enfermedad, tampoco en la funeraria.
En nuestro último encuentro nos despedimos con un abrazo. La voz entrecortada, la de ambos. Bajo el umbral de su apartamento dijo “viste, no lloré”. Pero yo vi sus ojos medio anegados. En la larga conversación además dijo: “lo mejor que puedes hacer es irte…”.
Habló con la franqueza de un padre y con la experiencia de un exoficial de la Seguridad del Estado que durante años trabajó con su uniforme verde olivo en el Ministerio de Cultura. Mi padre había leído mis libros y esperaba por el manuscrito de mi novela “Los perros”, la trama se desarrolla en las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), el archipiélago de campos de trabajo forzado construidos por el Gobierno Revolucionario en las llanuras de Camagüey.
Para seguir entendiéndolo todo tendré que escribir sobre el anciano renqueante, de 79 años, cubano, que pasaba el día trabajando entre hierros con una pistola y un cuchillo comando en la cintura.
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