La metamorfosis del cuento
Cristina Peri Rossi describe cómo el cuento moderno deja atrás el relato puramente narrativo para revelar lo que hay detrás de los hechos. Apoya su argumento en Poe, Quiroga, Baudelaire, Hemingway, Ballard y Manganelli, y en el brevísimo cuento del dinosaurio de Augusto Monterroso. Sostiene que la diferencia con la novela no está en la extensión, sino en el procedimiento: el cuento selecciona y agota por intensidad una sola situación, mientras la novela acumula varias y crea la ilusión del tiempo.
(…) La conciencia de la multiplicidad del yo, la desintegración del tiempo y del espacio como unidades fijas, la capacidad de simbolización, la desconfianza ante la lógica y la razón como instrumentos únicos de conocimiento y el recurso al inconsciente (o a lo onírico) como revelación de los aspectos más profundos de la realidad.
La concentración y la capacidad de síntesis del cuento (similar a la de la poesía) le permitió representar esta nueva visión del hombre y del mundo con una flexibilidad y riqueza ausentes en el cuento tradicional, puramente narrativo, costumbrista o naturalista.
J. G. Ballard, el más apocalíptico de los escritores en lengua inglesa, dice que «el cuento está más cerca de la pintura. En general, no representa más que una escena. De este modo se puede obtener la intensidad y la convergencia, fuerte y brillante, que se encuentra en los cuadros surrealistas. Es mucho más difícil conseguir eso en una novela, porque esta comporta elementos narrativos. En la novela hay que construir el tiempo. En un relato, en cambio, se le puede eliminar y provocar esa extraña sensación, esa clase de atmósfera».
El cuento, como el poema, representa una experiencia única e irrepetible. El escritor de cuentos contemporáneo no narra sólo el placer de encadenar hechos de una manera más o menos casual, sino que revela lo que hay detrás de ellos; lo significativo no es lo que sucede (y a veces ocurre muy poco, como en los relatos del magnífico escritor italiano Giorgio Manganelli), sino la manera de sentir, pensar, vivir esos hechos, es decir, su interpretación.
Edgar Allan Poe, reconocido únicamente como uno de los progenitores de la cuentística moderna, estableció que el «cuento participa del dominio de la verdad»; es decir, su función es fundamentalmente la de descubrir antes que narrar o describir, aunque estos últimos sean los procedimientos de los que a veces se vale para conseguirlo.
Dicho de otro modo: el narrador de cuentos está en posesión de una clase de verdad que cobra forma significativa y estética a través de lo narrado.
Su acto de narrar es una operación severa, ascética, estricta, que tiene lugar en un área vital y temporal, generalmente delimitada, reducida a la mínima pero a la vez más intensa trama narrativa. «El cuento es una novela despojada de ripios», estableció Horacio Quiroga en su «Decálogo del perfecto cuentista».
La novela, en general, procede por acumulación (de puntos de vista, hechos, tiempos, espacios), mientras que el relato moderno actúa por selección: elige un momento en el tiempo y lo paraliza para interiorizar en él, para penetrarlo; elige un ángulo de mira y, por encima de todo, selecciona rigurosamente lo narrado para provocar un solo efecto.
En el cuento todo conduce hacia ese efecto que se desea producir con la precisión de un mecanismo de relojería.
Es necesario eliminar cualquier adorno, cualquier elemento que no participe del engranaje estrictamente imprescindible. Así se explica la metáfora de Ernest Hemingway: «En el cuento, el escritor gana por knock-out; en la novela, por puntos».
Pedro Zarraluki, en el prólogo a su reciente libro de cuentos Galería de enormidades, dice: «Estos relatos (…) han resultado un gran ejercicio de condensación». Me parece que es el término justo para definir la esencia del relato moderno: la exigencia de un rigor que tiene que ver necesariamente con la intencionalidad del relato. El ejemplo más característico de esta concentración es el cuento más breve del mundo, perteneciente a un maestro del género, el escritor Augusto Monterroso. Dice: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí».
Modelo del género, este brevísimo relato («cien breves novelas-río», llamó Manganelli a las piezas reunidas en su magnífico volumen Centuria) revela uno de los puntos de tensión clave en cualquier cuento moderno: la capacidad de síntesis que debe lograrse, aunque el objetivo sea la ambigüedad, como en este caso, la provocación, el estímulo de la imaginación.
La condición de brevedad (que implica la síntesis y la unidad de efecto, como la llamó Poe) y la virtual búsqueda de la verdad son las únicas reglas que se mantienen fijas del cuento tradicional al contemporáneo.
La unidad de efecto corresponde a esa parábola cerrada, perfecta, que es un cuento logrado. Como el poema, el cuento se fragua en una sintaxis cuyo principio y cuyo fin corresponden a una nítida arquitectura.
Fue Charles Baudelaire quien estableció una de las pocas reglas fijas del cuento que todavía se practican sin excepciones en el género: «Si la primera frase no está escrita con el fin de preparar la impresión final, la obra será defectuosa desde el principio».
La brevedad, condición que normalmente se atribuye al cuento para distinguirlo de la novela, es una diferencia banal y poco cuantificable.
No sólo porque hay novelas breves y cuentos largos, sino porque no afecta a la índole misma de ambos géneros, que es muy diferente. Mientras la novela transcurre en el tiempo (aunque sea un tiempo corto, como en el Ulises de Joyce), el cuento profundiza en él, o lo inmoviliza, lo suspende para penetrarlo.
Sin embargo, es frecuente que la paradoja de Manganelli, al llamar «cien breves novelas-río» a cien relatos cortos, de una página y media cada uno, revele algo que el lector muchas veces presiente: sin el rigor que impone la búsqueda de un solo efecto, preciso y medido de antemano por el escritor, muchos relatos podrían dar origen a verdaderas novelas, siempre y cuando el autor estuviera dispuesto a volver extensivo lo que ha sido intensivo.
La función de un relato es agotar, por intensidad, una situación; la función de la novela es desarrollar varias situaciones que, al yuxtaponerse, provocan la ilusión del tiempo sucesivo.
Para leer con este ensayo
Cuentos que ilustran «El diálogo»:
- ¡Diles que no me maten!, de Juan Rulfo
- Cleotilde, de Juan Rulfo
Otros ensayos del mismo tema:
- El diálogo, de Gonzalo Martín Vivaldi
- El diálogo en el guión de cine, de Doc Comparato
- El diálogo en la obra dramática, de Michel Chion
- Los diálogos en Vargas Llosa, de José Miguel Oviedo
- El desafío de la creación, de Juan Rulfo
- Vivir del cuento, de Vicente Leñero
- Entrevista con Truman Capote, de Truman Capote
Fuente original: Cristina Peri Rossi, en Lauro Zavala (editor), Teorías del cuento III. Poéticas de la brevedad, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1996, pp. 73-76.
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