Vivir del cuento
Vicente Leñero recuerda sus comienzos como cuentista a fines de los años cincuenta, cuando escribía de una sentada y sin plan previo. Cuenta cómo presentó dos cuentos muy distintos a un concurso universitario cuyo jurado incluía a Juan Rulfo y a Juan José Arreola, y lo que cada uno le dijo después. La crónica, construida en buena parte con diálogos breves, muestra cómo aprendió el oficio en el taller de Arreola, a fuerza de escribir y de escuchar a otros.
De esto que digo hoy ya han pasado como veintinueve, como treinta años. Era 1957, 1958; los años en que muere Pedro Infante, en que López Mateos es destapado y sube a la presidencia, en que los maestros desatan su gran huelga nacional, en que Luis G. Basurto estrena Miércoles de ceniza y Elena Garro Un hogar sólido, en que Octavio Paz publica Piedra de sol y Josefina Vicens El libro vacío y Guadalupe Dueñas Tiene la noche un árbol y Sergio Fernández Los signos perdidos y Carlos Fuentes La región más transparente.
En ese entonces yo escribía sin saber, y sin pensar; es decir, me sentaba frente a la Remington negra de mi hermano Armando, máquina-tanque de teclas redondas como corcholatas; y sin llevar de antemano planeado el tema, la atmósfera, la estructura, todo lo que después aprendería como muy importante para el escritor de cuentos, me ponía a hilvanar palabras sobre las amarilluscas horribles hojas de papel Revolución. Escribía sin pensar, digo. El cuento se me inventaba solo, de veras, durante el recorrido por las cuartillas. Los personajes y las peripecias brotaban como quien destapa de golpe un bote de basura. Eran historias negras, o tristes; pequeños relatos cuya crudeza me espantaba luego y un espíritu redentor agregaba el parche de la moraleja final a la manera del padre Luis Coloma o del padre Carlos M. Heredia, tan admirados entonces, aún hoy el recuerdo pese a lo que pudieran opinar las nuevas generaciones que ya no saben ni sabrán jamás quiénes fueron Coloma y Heredia, hacedores de cuentos ejemplares durante mi madrugada literaria.
Escribía cuentos sin pensar, estoy diciendo: automáticamente, obsesivamente, frenéticamente: vapuleando sin parar la Remington desde la primera sangría de tres golpes hasta el punto final en la cuartilla seis o en la cuartilla nueve. Hasta ese instante, y a semejanza del corredor de los cuatrocientos metros luego de cruzar la meta, me ponía a jalar aire, a respirar con toda el ansia, a desinflarme finalmente sobre la silla agotado por el terrible esfuerzo sostenido. Desde luego no hacía caso de consejos. Me recomendaban meditar el tema, conformar en la imaginación la psicología de los posibles personajes, estructurar con todo esmero las etapas del planteamiento, del nudo, del desenlace, y por supuesto, primero que nada, antes que todo esto, estudiar a los sabios y a los teóricos de la ciencia y el arte del estilo. Y los estudiaba, claro que sí. Leía a Luis Alonso Shokel (La formación del estilo) a Alberto Valenzuela Rodarte (¿Quiere ser escritor?), a Juan Antonio Ahumada (El arte de escribir), a E. M. Forster (Aspectos de la novela). Los leía con atención, hasta subrayaba párrafos y acotaba páginas, pero desde luego no ponía en práctica consejo alguno porque me ganaba la ansiedad de escribir, la cuerda suelta de sentarme y no pararme sino hasta el fin, el impulso maravilloso que hace muchos años se me extravió en el camino pero que en ese entonces me permitía escribir cuentos de una sola sentada, guardados luego en las tenazas de un fólder amarillo o publicados a veces en la revista Señal, donde hacía mis pininos periodísticos.
Pero sucedió que una mañana de 1958 me topé con la convocatoria lanzada por un efímero Frente de Estudiantes Universitarios de México que bajo el lema Libertad, unidad y cultura convocaba a un primer concurso nacional de cuento universitario cuyo jurado sería, nada más y nada menos: Guadalupe Dueñas, Henrique González Casanova, Juan Rulfo, Jesús Arellano y Juan José Arreola: todos connotados hombres de letras ya entonces, desde entonces, claro, por supuesto.
Me impresionó el jurado, me despertó ambición el monto de los premios (2500 pesos al primer lugar, 1500 al segundo), pero me ilusionó sobre todo la posibilidad de hacerme notar ante aquella gente culta que ya tenía boleto de butaca numerada en la luneta de la literatura nacional.
No acababa de leer la convocatoria al concurso cuando ya estaba ante la Remington-tanque escribiendo un cuento que también, como digo, se me fue ocurriendo en el momento de escribirlo. Esa misma tarde lo pasé en limpio de una sola sentada y lo titulé «La polvareda». Era un cuento de ambiente rural, por calificarlo de algún modo, que por supuesto copiaba al Rulfo admiradísimo a quien descubrí para mí dos años antes, cuando volaba a Madrid a comenzar una beca en el Instituto de Cultura Hispánica. (…) El caso es que en aquellos años yo, como la mayoría de los aprendices de escritores de mi generación, adorábamos a Rulfo como a un dios. Y lo copiábamos. A los dos días de haber escrito «La polvareda» escribí un segundo cuento para el concurso mentado. Traté de que fuera un cuento radicalmente distinto en cuanto a tema, personajes, lenguaje, todo. No era rural ni rulfiano. Contaba ingenuamente la historia de unos jovenzuelos —entonces los llamábamos juniors— que robaban un carro, que se estrellaban en la carretera a Toluca y a quienes luego tenía que salvar papi de la cárcel. En el relato yo intentaba poner en práctica el recurso faulkneriano de la corriente de la conciencia —que también acababa de descubrir— y aunque no me salía muy bien me ayudaba a escapar de la influencia rulfiana. Al cuento le puse un título espantoso: «¿Qué me van a hacer, papá?» —el interrogante lanzado por el júnior a su papi, al final del relato— y lo firmé como Gregorio, el mismo pseudónimo con que escribía años atrás en un periódico preparatoriano. Para despistar a los jurados tecleé la versión en limpio de este cuento en una Smith Corona portátil de letra muy pequeña.
Escritos así, con dos tipos de letra distintos, y siendo dos cuentos de tema y estilo muy diferentes, los jurados nunca sospecharían —pensé— que los dos textos pertenecían a un mismo autor. De esa manera —seguí pensando— tendría yo dos oportunidades en la competencia en lugar de una, como quien compra al mismo tiempo dos billetes de lotería para duplicar su suerte.
Y así fue exactamente. Lo que no me ha sucedido jamás en la lotería me sucedió en la literatura. Al cuento «La polvareda» le dieron el primer lugar y a «¿Qué me van a hacer, papá?» le asignaron el segundo. Sin embargo, la noche de la entrega de premios en la sala Manuel M. Ponce, con el rector Nabor Carrillo como invitado, Henrique González Casanova, presidente del jurado, informó que él y sus compañeros habían decidido, luego de abrir los sobres y descubrir que los dos cuentos premiados pertenecían al mismo autor, darme sólo el monto del primer premio (los 2500 pesos) y repartir los 1500 del segundo entre quienes habían ganado el tercer lugar, Julio González Tejeda, y la mención honorífica, Martín Reyes Vayssade.
La verdad no me importó gran cosa esta decisión del jurado —me sentía por las nubes con el premio—, pero al concluir la ceremonia una voz se alzó de la concurrencia. Era la voz y luego la figura dificultosamente andante de Rubén Salazar Mallén quien subió al estrado para protestar —dijo— «por la injusticia cometida contra este joven escritor que gana dos premios y le dan solamente el dinero de uno —dijo—. No hay derecho». Henrique González Casanova insistió que el jurado trataba de estimular a los otros dos concursantes, pero Salazar Mallén volvió a interrumpir, no para pelear con González Casanova —dijo— sino para dar a conocer a todos los presentes que ya que el jurado privaba a Leñero de 1500 pesos, él de su propio bolsillo le entregaría quinientos pesos para compensarlo. Y diciendo y haciendo; el buenazo de Salazar Mallén, que era todo menos un hombre rico, extrajo su chequera, garabateó en un dos por tres las cifras y la firma, y me entregó el documento con un abrazo palmeadísimo. Mi terrible incultura literaria me hacía ignorar en aquel momento quién era el generoso Rubén Salazar Mallén, pero a partir de ese instante nació, con mi agradecimiento entrañable, una sólida y respetuosa amistad literaria que el tiempo disolvió sólo por culpa de la complicada ciudad. Amistad aquella de abajo hacia arriba, debo decir, porque siempre lo miré como un maestro de quien aprendí claves literarias importantes y quien me abrió los ojos al canibalismo de la cultura en México. Por conducto de Salazar Mallén, en su circunstancial tertulia en el Café Palermo de la calle Humboldt, conocí más tarde a Jesús Arellano (el poeta que se atrevió a ofender en público a don Alfonso Reyes y que por eso mismo fue borrado del directorio intelectual), al nobilísimo Efraín Huerta, al extraordinario Juan Rulfo… Juan Rulfo se empezó a burlar de mí apenas descubrió que yo daba clase en una escuela de periodismo de la Acción Católica y trabajaba en la revista Señal:
—Usted es por la señal de la santa cruz —me decía Juan Rulfo santiguándose en chunga y haciendo tropezar sus dientes con una risita ladina.
Ya antes me había parado en seco, cuando en la euforia de mi doble premio me le acerqué para decirle todo lo que suele decir un joven a un escritor admirado: que he leído todo lo que usted ha escrito, señor Rulfo, y me parece maravilloso, señor Rulfo, y sobre todo, señor Rulfo, que admirándolo como lo admiro me da mucho gusto que usted haya formado parte del jurado que me dio el premio, señor Rulfo.
—No se haga ilusiones —me replicó Juan Rulfo—. Yo le voy a decir la verdad si quiere saberla. ¿Quiere saberla?
Dije sí con la cabeza. No alcanzaba a adivinar sus intenciones.
—Usted no ganó por unanimidad ese concurso, ¿sabía eso?
—Pues no.
—Tuvo un voto en contra, y ese voto fue el mío —remató, en seco—. No me gustó nada su cuento ese de «La polvareda». Era mucho mejor el de González Tejeda.
Desde luego ya no busqué apoyo ni orientación literaria en Juan Rulfo. Me fui corriendo con Juan José Arreola. «Cuidado con Arreola», me advirtió Salazar Mallén.
Leí, releí, corregí, reescribí, volví a leer y a releer y elegí por fin los que consideraba mis mejores cuentos. Ordenados en un fólder amarillo me presenté con ellos en el departamento donde vivía Juan José Arreola, allá por las espaldas del cine Chapultepec. Me había citado a las siete y media de la tarde, y a las siete y media de la tarde estaba yo tocando la puerta nerviosón. No me abrió él sino Orso, un chamaco como de trece o catorce años que allí mismo identifiqué como el hijo varón del maestro. Al rato apareció Fuensanta, diezañera, la menor de las hijas, y un poco más al rato el propio Arreola, agitando las manos como si las trajera mojadas y ganseando la cabeza de cabello muy chino, alborotado. Le tendí el fólder amarillo de mis cuentos, pero antes de que pudiera completar la primera frase él ya estaba rechazando el fólder con un ademán y pretextando la atención de un asunto que lo iba a mantener ocupado unos diez minutos allá adentro, en las habitaciones íntimas.
Mucho me ilusionaba celebrar con Arreola, tal como lo había prometido en el momento de hacer la cita, una sesión de trabajo larga, severa, provechosa: él leería delante de mí algunos de mis cuentos y me señalaría aciertos, defectos, equivocaciones; me daría luego su juicio general; me indicaría por dónde seguir, cómo, de qué manera, una vez leídos a solas, con detenimiento, uno por uno, el resto de mis textos.
Ilusión fallidísima. La promesa de Arreola era quizá de muy buena fe, pero sus hábitos literarios lo hacían caer en mentira. Hacía mucho tiempo que él ya no leía a solas los cuentos de sus alumnos, sino que lo hacía, cuando lo hacía, en voz alta, delante de un grupo y únicamente durante el tiempo de su taller: el ya entonces célebre taller que Juan José Arreola impartía en el garaje frío de una casa de Volga, domicilio del Centro Mexicano de Escritores.
Tardé en enterarme de todo: de la existencia del taller de Arreola, del Centro Mexicano de Escritores, de la costumbre que el maestro tenía de analizar allí, sólo allí, los trabajos de sus discípulos. Yo sería uno más a partir de ese momento. Lo era ya desde que Orso abrió la puerta, se asomó Fuensanta a curiosearme como si fuera un chango, y Arreola apareció y desapareció pretextando un asunto urgente allá dentro, en las habitaciones íntimas, luego de preguntarme:
—¿Juega ajedrez?
No supe qué decir. Tenía cinco minutos sintiéndome extraño en aquella estancia amueblada únicamente por una larga hilera de mesitas cuadradas con tableros pintados en la superficie que me recordaban el club de San Juan de Letrán, a donde mi padre iba casi a diario a jaquear rivales. Eso parecía la casa de Arreola: un club de ajedrez. Eso era también, a fin de cuentas.
—¿Juega? —volvió a preguntar acomodando las piezas en el tablero más próximo.
—Un poco.
—¿Qué tan poco?
—Un poco. Regular. Creo que soy medio malo.
Dejó de torcer y retorcer su cuello ganso. Me miró con sus ojillos de duende y sonriendo le dijo a Fuensanta:
—Juégale uno, a ver. Yo ahorita regreso para que veamos lo de sus cuentos.
Mintió.
Tanto como si hubiera maljuzgado mi estilo literario, me sentí ofendido en mi amor propio al verme invitado a jugar ajedrez con una niña; pero la verdad es que tanto Fuensanta como Orso tenían un alto nivel de juego. A Fuensanta le gané con dificultad y con Orso sólo conseguí unas tablas vergonzosas, merced a un jaque continuo.
Cuando Arreola regresó a la estancia, no éramos Fuensanta, Orso y yo los únicos ocupantes sino además el enorme caudal de amigos y alumnos que todas las semanas, ese día de todas las semanas, se llegaban a casa del maestro a visitarlo, a conversar de literatura, a recitar López Velarde, a jugar ajedrez con Homero Aridjis, Eduardo Lizalde, José Antonio Camargo, Miguel González Avelar… También iban José de la Colina, José Emilio Pacheco, Beatriz Espejo, Fernando del Paso, Juan Martínez, la bellísima Fanny… Las tertulias se completaban otro día de la semana en el taller de Volga: Tita Valencia, Carmen Rosenzweig, Elsa de Llarena y muchos más que se perdieron en el camino, como erratas.
Allí aprendimos a escribir a fuerza de escribir. Oyéndonos en Arreola y aprendiendo de Arreola.
Una noche, al echarme a caminar con él por la calle de Volga, rumbo al paseo de la Reforma, me dijo, deteniéndose un segundo a media cuadra:
—¿Sabe qué necesita para volverse escritor, Leñero?
Pensé que Arreola me iba a confiar al fin la clave mágica de la literatura.
—¿Qué?
—Quitarse el segundo apellido. No se puede ser escritor firmando Leñero Otero. Es un versito horrible —me dijo.
Me fui pensando Arreola está loco, pero cuando publiqué mi primer libro suprimí para siempre el apellido materno. El libro fue editado por Jus. Reunía algunos de los cuentos guardados en aquel fólder amarillo y otros que escribí durante el taller de Arreola. No era buen libro pero era el primero: el de las ilusiones, el de los entusiasmos, el de las ansias de llegar a ser escritor por encima de todo. Cuentista, pensaba yo.
Treinta años después: ahora, a veces, de pronto, un día, me siento a la máquina para intentar escribir un cuento y las horas se me van frente a las teclas sin lograr concluir la primera cuartilla. La extraigo de golpe castigando el rodillo, la destruyo empuñando la mano con odio, la olvido para siempre tirándola al cesto de la basura. Ya no sé. Ya no puedo. Ya olvidé cómo se escribe un cuento.
Para leer con este ensayo
Cuentos que ilustran «El diálogo»:
- ¡Diles que no me maten!, de Juan Rulfo
- Cleotilde, de Juan Rulfo
Otros ensayos del mismo tema:
- El diálogo, de Gonzalo Martín Vivaldi
- El diálogo en el guión de cine, de Doc Comparato
- El diálogo en la obra dramática, de Michel Chion
- Los diálogos en Vargas Llosa, de José Miguel Oviedo
- El desafío de la creación, de Juan Rulfo
- La metamorfosis del cuento, de Cristina Peri Rossi
- Entrevista con Truman Capote, de Truman Capote
Fuente original: Vicente Leñero, en Lauro Zavala (editor), Teorías del cuento II. La escritura del cuento, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1995, pp. 259-268.
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